Acerca de los audiolibros
- Frank Ketelhohn
- 5 mar
- 2 Min. de lectura

Acabo de terminar de escuchar «Los miserables». Huelga aclarar que el libro de Victor Hugo no necesita que diga nada de él, así que solo invitaré a quien me lea, con mucho énfasis, a que lo aborde; es, desde ya, un libro absolutamente inolvidable. No es la primera novela que escucho, apenas unos meses atrás lo hice con «Los hermanos Karámazov», otra de mis enormes deudas con la literatura, y entonces también quise escribir.
¿Se compara leer con escuchar? Comparar tiende a ser algo banal, así que no hay necesidad. Lo importante ahora es contar la —para mí— fabulosa experiencia del audiolibro, la posibilidad de abismarnos a la literatura todo el tiempo, de «releer» libros por este medio, de saber de qué van un montón de libros que de otra manera no hubiese leído —por ejemplo, comencé uno que estuvo muy de moda y que tanta gente me insistió en que leyese; me bastaron veinte minutos de su oralidad para saber que, como sospechaba, no era para mí—.
En tiempos en los que se declara con sorprendente convicción que «no hay tiempo» para leer, el audiolibro ofrece una oportunidad invaluable: varias de las decenas de horas que pasé escuchando a Victor Hugo fueron haciendo gimnasia o andando en moto o auto, y tengo muchas de sus líneas más presentes que las de libros que leí en simultáneo; como si fuera poco, recuerdo sensaciones, emociones y personajes que siento con una cercanía abrumadora.
Elegir al lector propio es un trabajo esencial: tiene que tener la cadencia, el tono, el modo, la música de fondo y, por sobre todo, saber elegir los textos; este lector se transforma, en muy buena medida, en un profesor, y sentir afinidad con él resulta obviamente esencial.
Escucho —siempre desde Spotify— casi solo a tres: Lectura en voz alta, de Silvina Sartelli —con quien a veces discrepo, pero que me ofrece opciones que no tenía—; A solas con la luna, de Javier D’Espósito —Javier fue profesor mío en el secundario, ahora lo es dos veces—; Lecturas desde Santa María de los Buenos Ayres, de Marcelo Jorge Zamboni: Marcelo es ya un amigo entrañable al que he escuchado cientos de horas pero de quien no sé casi nada.



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