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  • Foto del escritorFrank Ketelhohn

Acerca de «Quiero», de Alejandro Crotto, y la poesía



Recomendar poesía es siempre muy difícil.

Como no seas «uno de ellos», tengas un enorme desconocimiento o una fascinante seguridad en vos mismo, hablar de poesía es verdaderamente complicado.

Nombrar autores de poesía es como decir que gusta un cantante de ópera frente a un «connaisseur»: insoportable, siempre te falta entender algo y, al final, solo gana la condescendencia: «Bueno, no, si te a vos te gusta está bien», como ese pavote lugar común del bodeguero amigo del primo que le dijo que «en realidad, el mejor vino es el que más te guste a vos»; pero qué amable, muchas gracias.


De adolescente leí —y regalé— a Benedetti, dos cosas que hoy no haría. ¡¿Qué tenés contra Mario?! Nada, claro, apenas una imagen, un dato —que nada tiene que ver con que la niña no me quisiera—. Luego, no tengo registro de algún poeta que verdaderamente me «interpelara» —linda palabra de moda— hasta Kavafis… Mas fui creciendo y esta metáfora de la ciudad que va con vos o de Ítaca como destino sempiterno… qué sé yo.

La poesía para mí tiende a tres caminos posibles: no entiendo nada, no me pasa nada o siento culpa. En el medio, voy con cierta confianza con algunos autores —que de a ratos naufragan en mí también por alguna de esas tres opciones— como Borges, Sylvia Plath y cualquiera que me ofrezca la publicación «Hablar de poesía» —dirigida casualmente por Crotto—, cuyas entregas leo con atención y alegría.

En fin, la poesía, eso tan natural en el ser humano: ¿no les ocurre pretender escribir poesía luego de leerla? A mí, todo el tiempo, y me sale… horrenda, cursi, literal, maniatada, adolescente.


Dicho todo esto, me remitiré —sin temor— a recomendarles muy enfáticamente el último libro de Alejandro Crotto, «Quiero». Como corresponde, no diré nada del libro —copiaría algún poema, pero se me acabó el espacio— y tan solo recomendaré también con énfasis sus otros libros y sus traducciones —«Once personas», de Browning y Tennyson, es sublime—.


Lean y regalen poesía, la que sea, abismados a la emoción, de Fogwill o de Silvio Soldán, pero lean poesía; por lo demás, lleva muy poco tiempo y sea cual fuere el autor siempre quedarán bien.

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