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  • Juan Gonzalez del Solar

Riesgos para pensar: #2 Poner al autor por delante del narrador



Continuamos con esta sección, que es tal vez la puesta en título de lo que principalmente esperamos ofrecer a nuestros lectores: ideas, consejos, opciones para que puedan leer más atentos y escribir mejores textos.

En esta oportunidad, nos referiremos a un concepto tal vez polémico y que, probablemente, sea difícil para transmitir: trataremos de hablar en esta entrega de aquellas veces en que ponemos al autor por delante del narrador, aquellos momentos en que los roles se complican y, por lo tanto, lo hacen nuestros textos.

Como primera medida, una aclaración esencial: quien escribe es autor y utiliza para ello una voz narrativa. Es más, podríamos incluso hace una diferenciación entre el autor y la persona —el sujeto— que escribe, pero no es este el espacio aunque tal vez tener esto presente nos ofrezca información valiosa frente al tema que estamos tratando. El autor escribe textos, el narrador los cuenta; el autor elije qué contar, el narrador cómo —es una simplificación, claro está, pero una necesaria en este momento—; y podríamos seguir presentando diferencias y salvedades.

Bien, adentrémonos. ¿En qué consiste poner al autor por delante del narrador? En permitir que las motivaciones personales entorpezcan las necesidades narrativas. Uno escribe un texto, ese texto tiene un tiempo interno, un universo de verosimilitud, características propias. Nosotros como autores lo acompañamos, lo escuchamos y hacemos nuestro trabajo entre la artesanía, las posibilidades y el deseo, pero debemos ser conscientes de que, una vez comenzado, puesto a rodar, ese texto tendrá su forma y no debemos entorpercerlo. Pero ahí es donde entramos nosotros, con nuestras fantasías, necesidades personales, excesos, desatenciones, desequilibrios, entre tanto. Pensamos en que nos gustaría sumar tal cita de un libro que nos gustó, una reflexión, una mención personal, un guiño a un lector potencial, y el peligro de que tal agregado vaya contra los intereses de la narración es significativo; podrá ocurrir, desde ya, tal vez esa mención extratextual quede estupenda y amplíe la narración, pero no es poco usual que, más que ampliarla, la desborde, la empaste, la pierda de foco. Desde ya que para el autor es clarísima, él ve en esa mención un significante que amplía el texto, que le ofrece nuevos matices, pero eso solo está en su cabeza, en su registro personal, y poco o nada tiene que ver con el texto. El texto, en cambio, leído por un tercero, se pregunta a santo de qué fue puesta ahí esa mención, como si un día nos despertásemos con un cuerno que nos hace chocar con las paredes, con los otros, y que no sabemos qué nos puede ofrecer.

Los ejemplos son varios y, en entregas posteriores, intentaremos echar luz sobre algunos en concreto, pero en esta oportunidad queríamos abrir el tema, poner esta reflexión a disposición de un lector que tiene ganas de decir muchas cosas y que, con enorme dificultad, deberá ver de qué manera solo cuenta lo necesario, lo que resulta orgánico al texto, y no algo por fuera de ello. La literatura consiste a veces en transitar un camino de despojos, el equilibrio pide que tomemos los riesgos de decir tanto como de callarnos, de apagar las voces que nos aconsejan mal porque no están pensando en el texto, sino en nuestro despliegue personal.

Decíamos en la entrega anterior que el texto no se escribe solo, que siempre hay un autor detrás y que este es un autor consciente. Pero no por ello el texto al ser escrito deja de informar, de ofrecer, de iluminar a un autor que un poco crea y otro poco descubre.

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