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  • Juan Gonzalez del Solar

Riesgos para pensar: #1 Querer contarlo todo

Actualizado: abr 13



Inauguramos una nueva sección —que no es tan nueva en realidad— llamada «Riesgos para pensar», donde intentaremos alertarlos sobre algunas cuestiones que suelen ocurrirnos, escapársenos, a la hora de escribir. La llamamos de esta manera porque, como mencionamos tal vez en todas las notas análogas —y por ello antes dijimos que no era esta sección tan novedosa—, para escribir no hay fórmulas, hay lectores de todos los colores e intereses y, de todo lo que no tiende a servir, se pueden sacar herramientas valiosísimas. Pero acá no analizamos textos concretos ni casos especiales, sino que intentamos ofrecer miradas frente a alguna circunstancias de la escritura, algunas ideas para pensar, defectos que, a fin de cuentas, hemos encontrado en los textos propios. Esperamos que sean de su ayuda y, desde ya, pueden escribirnos con sugerencias para sumar más ejemplos, posibilidades y conflictos.


1. Querer contarlo todo

Comenzamos con la madre de nuestros defectos: querer contar todo, decir todo, no guardarnos nada.


Escribir es, para muchos de nosotros, el espejo en el cual mirarnos. La literatura, como dijimos tantas veces, nos traduce, tanto la que leemos como la que escribimos; vemos en esos textos de otros aquello que nos cuenta y, a la vez, contamos quiénes somos con mayor o menor distorsión, cómo nos vemos, cómo queremos que nos vean, cómo queremos ser, entre otras variables especulares.


No es extraño entonces que, cuando estamos frente a un texto propio, queramos poner ahí todo. Y por todo podemos referirnos a todas las ideas, ideologías, guiños, lecturas, recuerdos, reflexiones, etcétera, y convirtamos así a nuestros textos en reservorio de aquello que creemos en el momento de la escritura. Ese personaje encarna nuestra mejor versión de nosotros y tiene las reflexiones que consideramos brillantes y que estamos esperando escuchar de nuestros labios, esas líneas que alguna vez dijimos y que pasaron desapercibidas, o aquellas que nunca encontramos la ocasión de decir. Queremos decir todo, no guardarnos nada, de manera reiterativa incluso.


Cómo escapar de esto no es fácil, desde ya, y mucho más lo es porque no decir «todo» implica decir «algo» de todo aquello: muchos de nuestros mejores deseos están ahí, de nuestros pensamientos, y está muy bien que así sea. Esos personajes nos representarán, o representarán algo que nos resulta trascendente; esos personajes dirán cosas que necesitamos decir, y que estará bien que sean dichas. Pero esos personajes tendrán sus tiempos, sus modos, sus necesidades internas, y dirán aquello que esperamos según sus posibilidades.


Si bien hay diferentes miradas al respecto, consideramos muchos que no hay tal cosa como «el personaje tiene vida propia, se escribió solo, hizo cuanto él quiso»; la razón, que detrás de cada personaje hay un autor y que ese autor es quien escribe. Podrá resultar algo evidente, e incluso esto presenta matices —de los que no nos ocuparemos ahora—, pero los personajes, para muchos de nosotros, no «viven por sí mismos». No obstante, esto no colisiona con que al escribir un caracter nos sorprendan y se nos revelen otras cuestiones de ellos. Comenzamos, los vamos delineando, y de a poco van apareciendo matices inesperados, contradicciones, novedades, entre tanto. Y en esa miríada de cualidades que tendrán estos personajes aparecerán cuestiones que no anticipábamos, así como no podrán aparecer tantas otras que esperábamos plasmar simplemente porque no resultarán orgánicas con su universo de posibilidades. Y este es un punto esencial. Un personaje vivo ofrecerá respuestas, pero a la vez será reacio a recibir imposiciones: resoluciones que no tendría, frases que no diría, expresiones que le resulten ajenas. Cuanto más real sea, mayor distancia tendrá del preconcepto y, muy probablemente, más reacio aparezca a responder a las expectativas de un autor ansioso por «contarlo todo».


Esto, desde ya, en relación con los personajes, y en este punto podrá haber diferencias, podría ampliarse la cuestión, mas escuchar hablar a nuestras creaciones, verlas con la mayor distancia posible, siempre nos traerá revelaciones esenciales y posibilidades inesperadas.

Querer contarlo todo es tal vez la madre de todos nuestros defectos a la hora de escribir, porque gran parte del secreto de un buen texto consiste —vaya obviedad— en lo que no se dice.

Pero en realidad la cuestión de los personajes viene después. El «querer contarlo todo» tiene una raíz más profunda y compleja, y tiene que ver con lo que mencionábamos al principio. Tal vez la razón esté en que nos cuesta confiar en que escribiremos otra cosa, mucho más en que haremos algo mejor que lo que estamos haciendo ahora, y entonces ese texto se convierte en nuestro testamento, donde dejamos plasmado todo aquello que no llegamos a contar aún. Tenemos tanto para decir, tantas ganas de decirlo, de ser escuchados, necesitamos ponerlo ahí, ahora. Pero el texto no lo necesita —nosotros en realidad tampoco, pero descubrir esto conllevaría otro espacio—, al texto no le interesa todo lo que nosotros necesitamos decir, todo lo que teníamos guardado, todo lo que descubrimos, la última revelación esencial que descubrimos tras un libro, una película, una charla o simplemente caminando por la calle. Ese texto tiene sus temas y sus necesidades, sus exploraciones, y si pretende abarcar todas aquellas que hemos ido recabando a lo largo de nuestras vidas —por lo general, profusas— será con certeza un muestrario que podrá interesarnos a nosotros, incluso revelarnos a nosotros, pero que difícilmente constituirá un producto literario que interese a lectores ajenos a nuestro espejo. Contarlo todo aburre hasta a nuestros mejores amigos —incluso a nosotros mismos— y puede resultar imposible de soportar en un texto a lectores ajenos, básicamente porque ese «todo» conlleva diferentes momentos, diferentes etapas de nuestras vidas, las cuales difícilmente logren ser parte de un solo texto, como no sea este un fabuloso manifiesto egomaníaco y onanista.


Suena fuerte, sí, esperamos no ofender a nadie. Pero, como dijimos al comienzo de este texto, querer contarlo todo es tal vez la madre de todos nuestros defectos a la hora de escribir, porque gran parte del secreto de un buen texto consiste —vaya obviedad— en lo que no se dice. El tema ofrece muchos matices y, como siempre, pueden escribirnos por privado o en nuestra cuenta de Instagram para continuar pensando juntos. Por el momento, solo queda anticipar que las notas que siguen pretenden volver una y otra vez sobre este punto.

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